Camina hombre, camina recto, sigue a tu mujer, que se ha adelantado, síguela hasta que ella se canse. Luego cárgala y súbete con ella a un árbol, espera ahí hasta que yo pueda bajar por ambos y llevarlos a mi casa, pero eso va a ser dentro de unos días, aliméntense de follaje y de lo que puedan atrapar con los de los de los píes, no utilicen las manos ¡no!, jamás se suelten de las ramas, resistan los vientos, resistan las lluvias, resistan a los asaltantes de camino, ¡cuídala! Es tu mujer, prométele que cuando todo se arregle van a bailar, que vas a ver la belleza que hay en sus amigos sin importar sus piojos o sus impertinencias, que dejarás de arrojarle el humo del cigarrillo en la cara, que jamás vas a intertar arrojarte de nuevo por la ventana de su casa cuando ella quiera hablar mucho. Cobíjala con tu camisa, soporta el frío de las madrugadas, pero no mueras, te necesita vivo y sonriente, no importa lo que sientas, siempre sonríe, ella te necesita vivo y feliz. Vivo y feliz.
El gigante, de píe pero vencido
El estudiante de leyes, devenido en marica, reconocido como humano solo por rufianes y prostitutas de pezón oscuro, se cruzó de piernas y sonrió como le habían enseñado. Cómo aprendo de rápido, habrá pensado con sus dos metros de estatura estorbándole la pose desprevenida, esa que ensayó durante semanas, para verse natural, como si un tipo de ese tamaño se pudiera ver normal en una silla tan pequeña y con un pantalón que le hería la entrepierna. Había estudiado ya más años de los que la dignidad permité y solo tenía de eso unos cuantos amigos y el recuerdo de algunos codigos penales ya derrogados. En ocasiones anteriores intentó ser hábil con las palabras y vivir de ellas, pero no vocalizaba bien y, jamás se dio cuanta de esto, no vocalizaba bien. La ley se tornó en su contra y no pudo más que protegerso con las manos. Ahora estaba ahí, solo, y se acomodaba el pelo, que por lo delgado, se le escurría sobre los ojos y le causaba escozor en la nariz. Sus grandes manos se apretaban contra una almohada que llevaba consigo, cosa de la que se avergonzaba regularmente dejando caer la almohada al suelo, pero siempre levantándola de nuevo, pidiéndole perdón en voz alta. Yo lo veía desde mi rincón y pensaba en ir y decirle lo tonto que se veía tratando de ser atractivo para otros hombres. Pero no lo hice, me paralicé, de pronto me asaltó el recuerdo de mi princesa y no pude moverme ya nunca más. Dos cervezas intactas sobre mi mesa, un hombre tonto con una almohada sin funda y el hedor de mi pérdida, mi única compañía.
Sé que no puedo mentirle a Albertine, sé que no puedo decir lo que quiero, que no tengo talento para extender las palabras a significados imposibles, ni siquiera difíciles, y que lo único difícil o imposible que pudiese hallar sería darle dignidad, aunque sea un poco de belleza, a un poema para regalárselo a una de esas mujeres simples y feas que veo desde las ventanas de esos rascacielos en lo que nunca voy a estar, rascacielos paralelos a la inmensidad, imaginados, simétricos como las nubes, ni siquiera un tanto retorcidos, para que pareciera que se caen, para que anunciaran el desastre, la caída, la inmensidad arrojada en el asfalto, retorcida, entre hormigón, acero, estatuas de cobre y vidrios pulverizados, la inmensidad reducida a lo que es, un edificio de cien pisos lanzado desde el cielo a la cara de esos muchachos sin sombrero, sin ojos y sin cordones en los zapatos que se mueven dando brincos en los andenes y en las tiendas de ropa costosa, que nunca entrevieron en sus conversaciones ebrias que la inmensidad se les venía encima, con toda la furia de la creación, con todo el absurdo del medioevo y de las festividades de fin de año, con toda la gravedad de los mundos condensada en una obra maestra: La tierra arrojada sobre sí misma, aplastando a los pobres niños que esperaban habitar en ella, pulverizando sus mascotas, sus puentes y sus miserias. Y sobre las ruinas, el florecer de vegetaciones inconcebibles, nuevas razas con piernas más fuertes, que llegarán a los planetas vecinos de un salto, donde nunca se inventaría el telescopio ni el periodismo, donde no habrían lenguas porque no habría nada que decir ni un ser medianamente inteligente para entenderlo, donde no hubiera que ponerse lentes de marco grueso o leer libros de sociólogos franceses para maquillar la derrota monetaria, donde no se toparía uno con mimos, profesores de geografía o fotos a color de paseos familiares a playas de arenas grises, el mundo en blanco y negro, imagínese, el milagro de la evolución cantado por un retardado, la inmensidad con menos valor que un calzoncillo. La inmensidad cubriendo tus genitales y oliendo a entrepierna. Indudablemente, sería una imagen hermosa. Alguien debería hacer una pintura de eso, yo no, yo solo podría ponerme un pincel entre los dedos del pie izquierdo y dar coses sobre una hoja. No. Yo no. Yo no podría narrar este desastre. Claro, ahora lo sé, debo callar y proceder, debo pararme de esta silla, acercarme a Albertine y darle su dinero, porque quedarme quieto o hablar haría que esa inmensidad recién descubierta y ya desacreditada me consumiera los huesos y las uñas, todo, todo elemento sólido de mi cuerpo y de mi casa. Debo moverme constantemente y en silencio, como una rata, como un ángel condenado a ser un siervo, divirtiendo a los hombres y a sí mismo, como un enano, como un gorila amaestrado, que devuelve la carne que robó y recibe un banano como premio, por ser un buen gorila, ¡Bravo, animal! no piensas demasiado, aprendes rápido, no preguntas para qué es el banano o de quién era la carne y finalmente te duermes en tu celda sin decir nada, y debes aplaudirlo y apreciarlo, claro, cómo no, es tu oficio. Animal. Ser de seis letras y cuatro patas que babeas cuando comes, que respetas y que callas. Si Albertine fuera una domadora y yo su bestia, me ataría yo mismo a un poste fuera de mi celda y me quedaría allí justo hasta que le hiciera falta y viniera buscarme, lo sé, Albertine nunca fue muy sociable, pero me necesitaría, se vería impelida a enseñarme nuevos trucos, nuevas acrobacias, y vendría a mí, y yo la vería venir afilando una garra con la otra, con su delgadez graciosa, con esa belleza torpe y desdentada, azotando el látigo contra sus botas, para amedrentarme, para hacerme sentir seguro; y yo la atendería con monerías y reverencias, me le comería los dedos y los labios, no por urgencias honorables ni ensoñaciones de quinceañera, sólo para redimirme, para ser más animal y menos conciencia, para ser más perro y menos humano. Por eso debo pararme ya y regresarle su cartera, para no ser yo animal y tener que tocarla.
- Toma, la encontré bajo la estufa. – le digo y tiro la cartera en la mesa.
- ¿Dónde estaba?
- Ya te dije que bajo la estufa.
- ¿Bajo la estufa o bajo tus uñas? – me dice y me mira queriendo esconder su miedo, levantando la comisura izquierda del labio para hacerse la que no tiene piojos. Se ve tan niña, tan desprotegida, no tiene ni el recuerdo de sus maldades para distraerse, es una olvidadiza, ya lo sabré yo que tenía que recordárselas de tanto en tanto. Una mujer que no sufre sus culpas no es más que una piedrecilla tumefacta que no sirve ni para mezclarla con cemento y hacer un bolardo, tan frágil y tonta que no sé si escupirla o abrazarla.
- Te digo que bajo la estufa, mujer, y es lo último que diré.
- Pero si busqué ahí más de tres veces.
- Bueno, te lo concedo, pero ¿para qué habría de intentar robarte un dinero que de igual forma me ibas a dar?
- No sé, no tengo idea –dijo Albertine y luego revisó rápidamente el contenido de la billetera- pero bueno, la has encontrado, para qué hablar más.
- Sino hay nada que decir es mejor no decir nada.
- Así es – Susurró Albertine y sacó unos billetes que luego puso sobre la mesa – aquí está el dinero que me pediste, he puesto unos billetes de más, van de mi parte, no tienes que pagármelos sino quieres.
- No lo haría de todas formas.
- Lo dije solo por decirlo.
Y besándome la mano desapareció, entre unos de los tres pasillos que salen de la cocina. Yo levanté el teléfono y pensé a en llamar a mis amigos para gastarme el dinero, pero no lo hice, colgué y me senté sobre el lavaplatos. Recordé de repente que todos se habían casado. El fajo de billetes que había acabado de recibir me tallaba en alguna parte y el trasero se empezaba a mojar
Solamente podríamos ser felices si quisiéramos parecernos a Dios, solamente podríamos parecernos a Dios si en efecto tuviésemos la certeza de poder parecernos a Dios y solamente podríamos poder parecernos a Dios si tuviéramos una de sus cualidades, no importa cual, seríamos Dios por sinécdoque, y la única cualidad de Dios que podríamos alcanzar sería la de la omnipresencia, y solamente podríamos estar en cualquier parte si pudiésemos caber en cualquier parte, si fuésemos suficientemente pequeños e insignificantes como para que no hubiese un espacio tan angosto en el que no cupiésemos, que pudiésemos caber dentro de una roca sólida, dentro de la corteza de una lata de cerveza, dentro de las facetas de un diamante compactado durante siete glaciaciones, dentro del vacío mismo, solamente así, si fuésemos enanos, podríamos ser felices, solamente siendo minúsculos e intrascendentes podríamos parecernos a Dios.
Me acercaba, me acercaba sin remedio, dando cada paso como si estuviera aprendiendo a caminar. Había estado pensando en la llegada de un momento como éste, así que creí estar preparado, pero ¿cuándo se está preparado para algo como esto realmente? Cuando di el primer paso tenía algo de confianza, pero creo que en ese momento, por un leve mareo que me sobrecogió, la había perdido por completo. Avanzaba con el viento en contra, así que, la brisa, que en ese momento se tornó densa y fría, me trajo el aliento de *****, sólo por un instante. Era, sin duda, un acercamiento fortuito, sin embargo parecía que mi precipitación fuera la consecuencia de un tropiezo anterior, en apariencia concluyente, pero infinito como los rotos en las medias. Las consecuencias de mi andar, ahora tan confuso, no parecían importarme, luego, se podría pensar que nada temía, pero, la verdad, era que sólo estaba concentrado en el hecho, en aquellos pasos que reducían la distancia a dejarse caer, a una mirada vaga, con los ojos arrancados, a salvo en los bolsillos, entre monedas y facturas amarillentas, y las cuencas abriéndose, el párpado encalambrado, el hueso recogido, perfilando un inmenso orificio, más grande que mi cráneo, para que ella pudiera meter sus dedos por allí, o su mano entera, y así sacarme de adentro toda la mierda y la nostalgia que se había acumulado allí durante años, desde que éramos bacteria, diminutos despojos de cielo que se erguían afeminados hacia un océano de nubes y polvo, que lo cubría todo y cada cosa, desde que era una proteína en el testículo izquierdo de mi padre, que ese día llegó borracho y no preguntó si podía o no, y dejó la comida servida, fueron sólo unas cuantas cervezas, tranquila, mañana tus hermanas nos darán de comer y criarán nuestra prole, vaya, que para eso son familia, así dijo el tipo, la primera cagada y la última cerveza, mimetizadas en ese instante ridículo que al que los ángeles respondieron golpeándose la frente con la palma de la mano izquierda y haciendo comentarios destemplados sobre los torpes terminados de sus batolas. El recuerdo de innumerables alegrías, tantas que no cupieron en la billetera esa mañana y tan breves que entre una y otra se hubiera podido construir una cuidad entera, me hizo recogerme en un tres y arrojarme al río, por el que ningún barco pasaba.